fbpx

The Blog

Dicen que quiteño que se respeta no puede faltar a una partida de cuarenta durante las fiestas de Quito, o no puede prescindir de un canelazo o un paseo en chiva. Y si bien en la capital es donde las fiestas están más institucionalizadas y se han vuelto más populares, lo cierto es que cada rincón del Ecuador tiene aquellas fiestas típicas a las que no se puede dejar de asistir. Así como en Guayaquil es regla de oro acudir al desfile por las fiestas julianas, lo es también para un ambateño ir con amigos a la fiesta de las flores y las frutas, para un ibarreño participar de la cacería del zorro, o pintarse la cara de negro en el festival de la Mama Negra para los que viven en Latacunga y hacer gala de las mejores monturas y los equinos más elegantes en el paseo del chagra de Machachi. Y eso, sin contar las fiestas de mayor alcance celebradas especialmente por la población indígena, como la fiesta del maíz o el Inti Raymi en el que participan cada año miles de personas en varias partes del país de manera simultánea. Los ecuatorianos somos fiesteros, y eso no está en discusión.

El asunto es que en medio de tanta fiesta, parece que se nos ha olvidado la más importante: nuestra fiesta nacional. Y ahí entramos en un verdadero dilema, porque la verdad sea dicha, es posible que muchos ni siquiera sean capaces de nombrar cuál sería esa. Aunque la mayoría sepamos que la gesta del 10 de agosto quedó concebida desde hace mucho tiempo como nuestra fiesta nacional, la verdad es que muy pocos conocen los detalles de lo que recordamos esa fecha, y más pocos aún se sienten identificados con ella. Hablar de nuestro primer Grito de la Independencia fuera de la ciudad de Quito, muy probablemente será recibido con muestras de indiferencia en el mejor de los casos, por no decir que nos hará ganar la antipatía de nuestro interlocutor si éste es de Guayaquil o incluso Cuenca. Y entonces vendrá el interminable debate sobre si en efecto los héroes de la gesta buscaron la independencia, o si persiguieron otro tipo de intereses, y se llegarán a las afirmaciones más descabelladas con el propósito de desmerecer el acto, lo que sólo servirá para poner en evidencia el gran desconocimiento que existe sobre nuestra historia en la mayor parte de la población.

Pero desde el punto de vista histórico, más allá de la trascendencia que la gesta libertaria tuvo para el proceso independentista del resto del país, se nos revela una gran verdad que podría llevarnos a entender el verdadero origen del problema: el movimiento criollo del 10 de agosto fue esencialmente quiteño. La Junta de Gobierno que se constituyó ese día, nunca consiguió el apoyo del resto de provincias. Casualmente, y para sorpresa de muchos, la única que estuvo a punto de entregárselo, fue precisamente Guayaquil con Vicente Rocafuerte, quien apoyó a los quiteños e intentó sin éxito sumarse a la causa. En cualquier caso, a la hora del té los patriotas quiteños tuvieron que arreglárselas solos, lo que llevó al desenlace fatal de la contraofensiva española, su apresamiento y posterior asesinato un año después.

Luego de estos acontecimientos, vendrían las guerras de independencia, que en un inicio fueron muy localizadas y que luego en cambio abrazaron la causa común liderada por Simón Bolívar. En ese enjambre de tropas confluyeron un sinnúmero de nacionalidades con el propósito común de sellar definitivamente la independencia del imperio español, pero nada más. La tesis bolivariana de construir una gran república americana, tal vez sirvió en un inicio para impulsar los ideales de libertad que fueron necesarios para el proceso de emancipación, pero una vez lograda la independencia los pueblos nos vimos nuevamente las caras como desconocidos que somos.

A diferencia de Colombia o Perú, cuyo origen nacional ya estuvo constituido desde la colonia española al haber sido virreinatos con un considerable grado de autonomía, nuestro país formaba parte de la Real Audiencia de Quito que tenía un rango político-administrativo menor y que se debió políticamente a ambos virreinatos de manera indistinta. Este antecedente resulta importante para entender por qué en esos países las fiestas patrias están claramente definidas y han calado profundo en el imaginario de su población.

En el Ecuador en cambio, hemos seguido una tradición poco convencional cuando se trata de festejos cívicos: hemos preferido dar realce a nuestras fiestas locales en detrimento de cualquier fecha nacional.  El Estado nunca ha ayudado mucho para superar esta grave acefalía. El 10 de agosto pasa año a año casi sin pena ni gloria por el país, dejando como único recuerdo el discurso y la posesión presidencial cada 4 años. Ni qué decir del también glorioso 24 de mayo, que se reduce a una parada militar a la que casi nadie asiste ni por simple curiosidad.

¿Falta de sentimiento nacional? Sin duda. ¿Falta de una historia común de nación? No. Y ahí está el meollo del asunto. Por años nos han hecho creer que los ecuatorianos somos desunidos porque hemos transitado por rumbos distintos a lo largo de la historia, lo que dificulta que construyamos lazos entre nosotros. Y aunque en ciertos capítulos de nuestra historia pareciera que en efecto fue así, nos hemos olvidado que llevamos 188 años juntos y muy a pesar de nuestras crisis internas –que de hecho han sido significativamente menores a las de otros países de la región- hemos decidido continuar juntos: guayaquileños, riobambeños, cuencanos, quiteños, etc.. y hasta nuestros hermanos de la Amazonía que con razón, siempre nos han visto con más recelo.

Por falta de voluntad propia, pero también y sobre todo del Estado, se nos ha privado de conocer el episodio de nuestro pasado que dio origen al proyecto político común que esta vez sí, decidimos construir entre ecuatorianos, sin ayuda ni intervención de nadie. Nuestra república nació tras la voluntad expresada por las antiguas provincias del Distrito del Sur de la República de la Gran Colombia, de continuar su caminar como una nación por separado. Y aquello ocurrió un 13 de mayo de 1830, cuando se convocó a una Junta de Notables a la que asistieron representantes de las principales ciudades de la época y plegaron por continuar un rumbo político común. A pesar de lo débil que parecía el compromiso, terminó materializándose pocos meses después, al ser aprobada nuestra primera constitución nacional el 11 de septiembre de aquel año. En ella se dio nacimiento formal a la República del Ecuador. Participaron del entonces Congreso Constituyente diputados de Guayaquil, Cuenca y Quito. Las tres provincias más importantes se citaron para desarrollar y aprobar el texto en un punto neutral como Riobamba, para así incluir a la sierra central y unificar el territorio. Riobamba se convirtió entonces en la cuna del constitucionalismo ecuatoriano y en la ciudad que vio nacer al Ecuador.

A diferencia de países como Colombia o Argentina que tuvieron que esperar casi un siglo para consolidar sus naciones de la forma como las conocemos hoy en día, el Ecuador desde aquella fecha nunca más se volvió a separar y su territorio solamente se vio alterado por los conflictos con sus países vecinos, jamás por problemas internos. Ni siquiera la grave crisis de 1859 en la que estuvimos al borde de la disolución, o la Revolución Liberal que enfrentó encarnizadamente a la costa con la sierra, logró disolver al país. Y ni qué decir de las pretensiones extranjeras que nunca vieron con buenos ojos nuestra decisión de autogobernarnos y que intentaron a toda costa hacernos desaparecer del mapa en varias ocasiones,  y especialmente en 1941.

Y tanto nuestro nacimiento como nuestra supervivencia, no la hemos obtenido gratis. Ha sido necesaria la intervención providencial de varios personajes a lo largo de nuestra vida republicana, que en medio de sus contradicciones políticas demostraron en el momento preciso, valía y patriotismo para preservar nuestra integridad nacional. Ejemplos hay muchos. Cuando Gabriel García Moreno se enfrentó al presidente Robles en la crisis de 1859 –de la cual él era en gran parte responsable- no contó con que la amenaza de una invasión del Perú era real. Cuando se dio cuenta de la gravedad de la situación, tras el bloqueo y ocupación de Guayaquil y lo que parecía el insalvable desmembramiento del país que ya se lo estaban repartiendo, no dudó un instante en armar un ejército relámpago, pactando incluso con antiguos enemigos políticos suyos como Juan José Flores, para expulsar a los invasores y derrotar al secesionismo. Así se logró reunificar el país. Así mismo, años más tarde se recuerda la famosa acción del presidente Eloy Alfaro de encargar la presidencia, para él mismo zarpar a Guayaquil y comandar las tropas que iban a contener una nueva inminente invasión peruana en 1910.

En otros aspectos, también ha dado el país grandes exponentes derrumbando así la idea de que sólo hemos sido gobernados por corruptos. El presidente Antonio Borrero, en estricto apego a la Constitución vigente, se negó en 1875 a dar paso a conformar un Congreso Constituyente hasta no terminar su mandato. En los momentos que vivía el país, el acto demostró valentía. Le valió en adelante el apodo de “el hombre de la ley”. En la década de los sesenta del siglo pasado, debería resonarnos otro nombre: el del prolijo economista Clemente Yerovi, que en sus cortos 7 meses de gobierno, pacificó al país restaurando todas las libertades que la dictadura que le precedió había restringido, suscribió el Acuerdo de Cartagena que dio inicio al Pacto Andino y fundó el COFIEC.  A pesar de su excelente desempeño y de sus tan destacados antecedentes –antes fue ministro de economía y logró convertir al país en el primer productor de banano en el mundo, superando la gran crisis económica de la época- Yerovi se negó a participar en las elecciones siguientes, pues siempre dijo “no querer tomarle cariño al poder”, y cumplió así con su palabra de que gobernaría “con las maletas hechas porque nada le apegaba al poder sino el deseo de ser útil a la nación”. Aunque fue elegido de facto, se apegó por voluntad propia a la Constitución de 1946 y autolimitó sus poderes. Prometió convocar a una Asamblea Constituyente y así lo hizo.

Estos detalles importantes, provenientes de estos hechos y personajes olvidados, sacan a relucir virtudes de nosotros como nación, que no hemos querido ver y que por años se nos han ocultado. Tenemos razones de sobra para festejarnos como ecuatorianos pero al parecer, ni siquiera lo sabíamos. El fomento de la unidad nacional es un ejercicio permanente en el que debemos participar todos, pero el gobierno debe llevar la batuta. Este 13 de mayo próximo cumpliremos un año más de existencia. Aquello debería llevarnos mínimamente a una reflexión retrospectiva sobre lo que somos y hacia dónde vamos. Y en medio de esa reflexión, debería haber lugar para festejar que a pesar de todo, aquí estamos.

¡Feliz día a todos los ecuatorianos!

 

Autor: Galo Larenas

8 Comments

  1. INYERMAN SIMISTERRA VELASCO - 13 mayo, 2018

    Cosas como estas son lo que deberian los profesores enseñar en las instituciones educativas para poder saber el verdadero origen de nuestra historia.

  2. Sahadia Segovia - 13 mayo, 2018

    Excelente información Sr. Larenas… muy educativo y formativo
    Felicitaciones!!!
    Feliz día!!!

    • Galo Larenas - 14 mayo, 2018

      Muchas gracias por su gentil comentario. ☺️

  3. Francisco Trujillo - 13 mayo, 2018

    Como ecuatorianos nos falta la voluntad de tener identidad y a veces la ignorancia es tan atrevida que nos hace insensibles y preferimos seguir con nuestros desconocimiento y paradigmas que buscar este tipo de datos historicos que nos fortalecen y nos unen a forjar un gran Ecuador

  4. Roberth Gallo L. - 14 mayo, 2018

    Excelente artículo..!! Qué importante es revisar nuestra historia.

    • Galo Larenas - 5 junio, 2018

      Muchas gracias. Nos complace mucho que sea de su agrado

  5. Daniel Ramos - 5 junio, 2018

    Muy interesante artículo, felicitaciones por compartir este conocimiento. Pero una pequeña observación, ya que ahora el 10 de agosto sólo es la «velada libertaria» y sólo en Quito se la conmemora de esta manera, y en Macará, la centinela del Sur, también se hace un desfile (de lo que he logrado conocer). Y el 24 de mayo, que debería ser la máxima conmemoración de la independencia del Ecuador, sólo ha quedado para el informe a la nación, y nula en otras ciudades

  6. Carlos Mena Ruiz - 13 mayo, 2019

    Artículo que realza la identidad y unidad del Ecuador como nación; sin duda, el análisis de nuestra historia es necesario para sentirnos más ecuatorianos y no un pasajero juego de la selección de fútbol. Felicitaciones por el artículo Galo Larenas.

Deja un comentario

Your email address will not be published.

Tu comentario

Name*

Email*

Website